Peregrinando hacia la tierra digital prometida

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Jun 9

Crisis económica, políticos y elecciones

Al leer este articulo, post, o como se llame, se me queda la misma cara de los personajes que aparecían sentados frente a la pantalla del Gran Hermano, en el anuncio de Apple de 1984, con motivo de la salida al mercado del Macintosh. Aquel en el que se decía: para que 1984 no sea 1984. ¡Qué tiempos aquellos en los que éramos jóvenes e inexpertos!

Y digo que se me queda esa cara de súbdito en estado de coma profundo y/o encefalograma plano, ya que tras la lectura y relectura, no logro encontrar referencia alguna al intento de arreglar las cosas, los problemas reales de los ¿ciudadanos?, sino tan solo las indicaciones para capear el temporal, esperar a que los problemas se solucionen con las costillas de los de siempre, y, aprovechando la corta memoria y la que parece nuestra bien probada condición de súbditos FM (fácilmente manipulables), aplazar la acción hasta dentro de dos años, en la esperanza de que las aguas bajen menos revueltas.

No logro encontrar en el texto referencias a la ideología, a los principios, a la autocrítica, a las propuestas de futuro para la sociedad y sus habitantes, tan solo un interés egoísta y malsano en intentar planificar la posible permanencia en el poder, como meta última, no como herramienta para servir a los administrados.

Y se me ocurre que como sociedad democrática hemos evolucionado, mucho, pero mucho, mucho, mucho,…

Con la transición, pasamos de súbditos de una dictadura a coprotagonistas y corresponsables de la lucha y la búsqueda de una nueva realidad social, política y económica. Lo sufrimos durante unos cuantos años, tumultuosos pero apasionantes, prácticamente sumidos en un país en el que todo parecía posible.

Después de la tempestad vino la calma, se recompusieron posiciones, fue necesario trabajar para recuperar el tiempo perdido. Fueron necesarios muchos sacrificios peleando por lo obvio, saneando una estructura social, política y económica ficticia, pero ganamos nuestro estatuto como ciudadanos y, gracias a Hacienda, que somos todos, aunque algunos más que otros, también nos estrenamos como contribuyentes.

Qué alegría, que alboroto, también entramos en la ansiada Europa y, de la mano, en la sociedad del bienestar y la opulencia. A partir de ahí, ganamos nuestro derecho a sumar la condición de consumidores a las de ciudadanos y contribuyentes. Pero consumidores a lo bestia, hasta tal punto de que esa faceta se fue comiendo la de ciudadanos, para devenir en auténticos espectadores-consumidores, con la intermitencia anual de contribuyentes, pero con el placer del deber cumplido, suponiendo que nuestra contribución sería el sostén del bien común y del nuestro personal cuando lo necesitásemos, ultragestionados y protegidos por un aparato burocrático concéntrico y semejante a las matruskas rusas: ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas, administración central.

Sin embargo, en la actualidad, parece que esa confianza y ese estado de cosas han desembocado en nuestra transformación en meros contribuyentes, habitantes de un país en el que, como miembros de una democracia, todos hemos nacido el 29 de febrero y solo podemos celebrar nuestra condición un día cada cuatro años.

Se nos necesita tan solo para pagar el festín y para validar los resultados de un juego de salón endogámico, en el que las reglas promocionan el bipartidismo y sustraen la posibilidad de verdadera recreación, y que en esencia tan solo trata de reproducir el sistema, un status quo que muestra claros niveles de agotamiento, ineficacia e injusticia.

Es necesario revisitar el camino recorrido, para poder detectar en que momento cometimos el error fundador de nuestras cuitas actuales. Quizás en la alegría de la transición, cuando se instauraron algunos axiomas de los que ahora recogemos las tempestades. Por ejemplo, la aceptación indiscutida de la creación de una nueva clase social, la clase política, los políticos profesionales.

Siempre he discutido que eso sea irremediable, y el argumento más repetido y concluyente al que me he enfrentado ha sido la necesidad de su permanencia para que los políticos puedan tener suficiente recorrido y preparación para enfrentarse con profesionalidad a los peliagudos retos que conlleva la gestión de lo público.

Sinceramente, creo que es el momento de replantear este axioma.

A la luz de los acontecimientos que nos toca vivir, creo que es verdaderamente cuestionable que la clase política y, por extensión otras como la sindical, tengan la preparación mínima, profesional y ética, para que podamos dormir tranquilos.

A pesar de que la mayoría de los miembros de esa clase política llevan décadas inmersos en la gestión, no han dado mucha muestra de ser capaces de desarrollar la más mínima intuición prospectiva. Cuando ya todos sentíamos en nuestras carnes la ola de crisis generalizada, asistíamos estupefactos a una pelea de patio, de tú más, de eres un traidor si dices que hay crisis, de quítate tu para ponerme yo, en vez de a un debate serio sobre como afrontar lo que se nos venía encima. Y hoy, inmersos hasta el cuello en una situación crítica, nos desayunamos cada día con declaraciones de la clase política que causan estupor, confusión, desorientación, cuando no verdadera inseguridad o legítima indignación.

Quizás es el momento de retomar la radicalidad, por lo que conlleva de perteneciente a la raíz, en este caso de los problemas a los que nos enfrentamos, y hacerse preguntas impertinentes (o quizás totalmente pertinentes): ¿qué es democracia?, ¿el predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado, como señala el diccionario?, ¿es la clase política pueblo o miembros de una realidad externa a la que vive el pueblo del Estado que gestionan?, ¿cuántos años puede estar un miembro del pueblo en el gobierno-gestión de sus iguales sin perder el contacto con la realidad cotidiana?, ¿cuáles son las intenciones subyacentes de aquellos que quieren ejercer de políticos y perpetuarse en esa actividad?, ¿qué razón, desconocida para mi, avala que a ellos no les afecte ese principio que señala que en el mundo actual debemos estar preparados para cambiar al menos cinco veces de actividad a lo largo de nuestra vida laboral, sobre todo cuando la vida laboral de muchos de ellos empieza y termina en su agrupación política?, ¿cómo se eligen los candidatos que se nos ofertan como únicos posibles cuando vamos a las urnas y debemos escoger papeletas con listas cerradas?, ¿cuál es el principio por el que los gestores de lo público nunca se sienten responsables de los desaguisados que provocan?, ¿cómo es que, a pesar de que muchos de ellos ya no juran sus cargos sobre la Biblia, parece que debemos esperar a que, cuando hacen lo que no deben o lo hacen mal por desconocimiento o mala fe, Dios se lo demande. Porque al hacerlo bien, no es Dios quien se lo premia, sino todos los contribuyentes a escote?, ¿cómo podemos creer en unas instituciones cuestionadas diariamente por ellas mismas?

Hay muchas más preguntas que se me ocurren, y no sé si las respuestas están en el viento. Lo que es seguro es que, a estas alturas del chaparrón, las preguntas que no hagamos como ciudadanos, no las va a hacer ninguno de nuestros  representantes. Ellos parecen muy ocupados en dilucidar quién ocupara la próxima vez los asientos azules para imponernos, al dictado o por decreto, cuales son las cosas irremedibles a las que deberemos enfrentarnos únicamente con nuestros esfuerzos personales e intransferibles.